jose hernandez

"Mitre ha hecho del país un campamento, Sarmiento va a hacer de ella una escuela…con Sarmiento va a tener que aprenderse de memoria la anagnosia, el método gradual y los anales de Da. Juana Manso… ¿Pero consentirá el Congreso, consentirán los hombres influyentes de la República, consentirá el pais en que un loco que ya ha fulminado sus anatemas contra el clero y contra la religión, que ha dicho que va a nombrar a una mujer ministra de culto, que es un furioso desatado venga a sentarse en la silla presidencial para precipitar al país a la ruina y al desquicio?"

José Hernández

La tenencia de la tierra como hecho cultural.


Prólogo



Federico Engels expone una idea que consideramos una de las claves para entender la frustración de la revolución burguesa argentina. Dice así:
“Cosa singular: en las tres grandes revoluciones burguesas son los campesinos los que suministran las tropas de combate, y ellos también, precisamente, la clase que, después de alcanzar el triunfo, sale arruinada infaliblemente por las consecuencias económicas de este triunfo. Cien años después de Cromwell, la yeomanry  (campesinos medios) de Inglaterra puede decirse que casi había desaparecido. En todo caso, sin la intervención de esta yeomanry  y del elemento plebeyo de las ciudades, la burguesía nunca hubiera podido conducir la lucha hasta su final victorioso ni llevado al cadalso a Carlos I. Para que la burguesía se embolsase aunque sólo fueran los frutos del triunfo que estaban bien maduros, fue necesario llevar la revolución bastante más allá de su meta; exactamente como habría de ocurrir en Francia en 1793 y en Alemania en 1848. Parece ser ésta, en efecto, una de las leyes que presiden la evolución de la sociedad burguesa.” (Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, Prólogo a la Edición Inglesa de 1892).
Podemos extraer de aquí, y éste es el eje de la cuestión que nos ocupa, que la burguesía por sí misma nunca ha sido autosuficiente para hacer su revolución y que esto es un principio universal.
Podemos, además, por las nuestras, ampliar esto diciendo que ha sido incapaz, en general, de encarar por sí misma ninguna forma de progreso social, por lo cual los gobiernos burgueses que han tenido algún costado o rasgo progresivo, han tenido para esto que aliarse o incorporar expresiones provenientes del campo popular, que llevan las cosas  “más allá de sus metas” burguesas, como ha observado Engels. Esto último es lo que ha inducido a muchos a ver el peronismo como un movimiento popular y no una génesis esencialmente burguesa.
Pero el tema a que nos conduce centralmente la reflexión de Engels es éste:
¿Existían en 1810 las masas campesinas que reclamaban por la tierra y cuyo impulso hubiera podido dar base social a proyectos sustancialmente diferentes a la economía ganadera saladeril que cristaliza en Rosas?
No,  no existían.
¿Por qué no existían?
El trabajo de Hebe Levene, que sigue a continuación muestra que no existía en las masas trabajadoras  -herencia colonial- una cultura de la tenencia de la tierra.
El punto es que esa tenencia es el requisito material previo, la premisa histórica de la reivindicación de la propiedad de la tierra, la reforma agraria. Creemos que la observación tiene importancia desde el punto de vista del esclarecimiento de la historia y su proyección  a nuestra actualidad.  No casualmente el revisionismo histórico ha resultado ser parte insoslayable de la propaganda ideológica dominante.
La idea de la falencia campesina en nuestra revolución democrática  no es nueva. Se observa en la polaridad ciudad-campo planteada por Sarmiento, pero ha sido tal vez subestimada por cierto pensamiento marxista que, en su afán de sostener una posición clasista, ha cargado demasiado culpas al infra desarrollo de nuestra primera burguesía –por ejemplo, la ausencia de una burguesía industrial en el caso de Milcíades Peña- obviando causalidades históricas provenientes de los sectores populares.  
Este fallo de la izquierda deja el campo libre a ideólogos del nacionalismo, expertos muchos de ellos en la adulación del atraso de las masas, para justificar, mediante la glorificación de los caudillos  pretéritos, los verticalismos contemporáneos. Presentar como reaccionaria a alguna parte esencial de nuestra tradición democrática –caso Rivadavia o Sarmiento- es el complemento necesario a tal adulteración de la realidad.
¿Dónde está la vanguardia de la liberación nacional? ¿En aquéllos sectores de la clase trabajadora más o menos aplastados hasta el día de hoy por las rémoras feudales de la herencia hispánica y que constituyen el núcleo duro de la base popular del peronismo?
La descripción de los gauchos y caudillos como la fuerza social que pugnó históricamente por un desarrollo independiente pretende efectivamente convencer que por el peronismo pasa el “proyecto nacional”.
Sin embargo, ¿no es más lógico pensar que la vanguardia de los cambios debe provenir de los sectores del trabajo más ligados a la modernidad?
Desmitificar el pasado tal vez ayude a resolver el interrogante.

                                                         LUIS URRUTIA




La tenencia de la tierra como hecho cultural 


Por Hebe Levene



En “Los trabajos y los días” de la 2° mitad del siglo VIII a.C., Hesíodo, que había sido cuidador de cabras, ya daba, acompañadas de continuas alusiones mitológicas,  las indicaciones necesarias para que el trabajo de la tierra, la siembra y la cosecha, se correspondieran adecuadamente a los tiempos que impone la naturaleza. Además, agregaba al pasar en esta extensa obra, consejos morales como este: ”Los dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos que carecen de aguijón y que sin trabajar por su cuenta devoran el trabajo de las abejas.”
El consejo de Hesíodo iba dirigido, evidentemente, a la autodisciplina de trabajadores libres.
A fines de la Edad Antigua, con el imperio romano, la cantidad de esclavos era enorme. Pero, instalada la Edad Media sobre el principio cristiano de que “por ser hijos de Dios, todos los hombres tienen alma, ergo responsables de su conducta”, los esclavos desaparecieron, y aparecieron los nobles con su séquito eterno hecho de cruces y espadas, y los siervos. Así que el consejo de Hesíodo renovó su vigencia, aunque pasó a regir sólo la moral de los siervos. Los nobles y la jerarquía eclesiástica gozaban del privilegio de ser “zánganos”, pero con aguijón.

El campesino de la Edad Media, el siervo de la gleba, trabajaba el pedazo de tierra en el que había trabajado también su padre y en el que trabajarían sus hijos, si es que no eran llamados para la guerra o no se morían antes.  Pero salvo esas eventualidades, pese a ser explotado, él estaba en paz con su moral, ordenaba su tiempo, hacía su trabajo sin recibir directivas y se establecía entre él y su tierra un diálogo directo, un vínculo vital que no se rompería aunque el noble vendiera sus tierras ya que él era siervo de la gleba, formaba parte de ella, y en ella se quedaría aunque cambiara el dueño.       
En las pampas argentinas la situación fue muy distinta. Después de la 2° Fundación de Buenos Aires por Garay en 1580, Lima, rica todavía, absorbía toda la atención de España, pero cuando las minas fueron agotándose creció la importancia de Buenos Aires y su puerto, por el que empezaron  a entrar  los negros esclavos. Vueltos a aparecer por bula papal, apoyada en el curioso pero necesario principio de que los negros no tenían alma y por lo tanto podían ser comprados y vendidos como si fueran cosas,  para 1716  eran instalados transitoriamente en Retiro. Como contrapartida, la única riqueza del país exportable eran los cueros, reunidos en las “vaquerías” en las que las matanzas eran  indiscriminadas, tanto que, en el Cabildo, se decía en 1723: “pronto nos quedaremos sin cueros y en cueros”.
  Como todo el alimento era carne y los ingresos de aduana por la exportación los proporcionaba el ganado que ya estaba ahí, el cimarrón, aún cuando después empezó a hervirse la carne para exportar también sebo y grasa, no hubo ningún interés por la agricultura. Por eso entre los factores que formaron la cultura del hombre rioplatense faltó ese vínculo ancestral que tuvo el europeo con un pedazo de tierra que sentía parte de sí mismo. 
   Cuando en 1778 se crea el Virreinato del Río de la Plata, los pueblos europeos, que habían sido agrícolas, habían adelantado mucho. Inglaterra ya  empezaba su revolución industrial y Francia estaba cerca de la gran Revolución.
Todo el adelanto que se produce en nuestro país al comenzar el siglo XVIII fue que desaparecieron las vaquerías y aparecieron las estancias. Como los estancieros necesitaban peones que se afincaran en la propiedad del patrón y el hombre de nuestras pampas no estaba dispuesto a dejar de galopar libremente, que por otra parte era lo que se le había impuesto, se pusieron en vigencia leyes ancestrales, muy usadas en España para combatir la vagancia.
“… el espíritu preventivo de la sociedad consideró a la vagancia y ya desde la legislación romana “dentro de lo que la criminología moderna denomina estado de peligrosidad”, citado por Rodriguez Molas de “Vagos y mal entretenidos” de Gastón Gori.
Y agrega Rodriguez Molas en la pag. 112 de “Historia social del Gaucho” otra cita de G.G.: “un cristianísimo monarca en 1609, establece que en el futuro debía marcarse con un hierro rojo la piel de los “pícaros” en la espalda o en el brazo; a los vagabundos con la letra V y a los ladrones con la letra L”
Y en 1774 Juan José de Vértiz dispone que todas las personas “que no viven de su trabajo, ni tienen oficio, ni señores, salgan de la ciudad en el término de tres días.”
Cuando en 1795, Manuel Belgrano es nombrado secretario perpetuo del recién creado Consulado del Río de la Plata, en una de las Memorias que como tal presentaba cada año al Consulado, se lee: “He visto con dolor , sin salir de esta Capital una infinidad de hombres ociosos en quienes no se observa otra cosa que la miseria y la desnudez”…”…miserables ranchos donde multitud de criaturas llegan a la edad de la pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad”.(1)   
   Pero en la ciudad no había trabajo. El comercio lo realizaban las clases acomodadas; además, las artesanías no se desarrollaron. Desde España se mandaron destruir todos los talleres del Virreinato.(2). España, después de la expulsión de moros y judíos, no producía nada y en América sólo tenía para vender lo que compraba en Inglaterra o Francia, esto es, cumplía un rol de intermediación parasitaria, que se aseguraba con el monopolio comercial que imponía como imperio. Tan alicaída estaba su cultura del trabajo, que cuando Carlos III decidió revitalizar la agricultura, debió recurrir a inmigrantes del centro europeo.
Agustín de la Rosa, un periodista,  en 1794, explica por qué en el campo tampoco había trabajo para los pobres “… como no tienen dónde ganar un conchabo , pues los estancieros grandes que pudieran conchabar esta gente están surtidos de negros (esclavos), por ahorrarse los conchabos, ellos  se dan a la vida bravía y holgazana”.
Por eso se dieron situaciones como esta: Martiniano Leguizamón transcribe en “La Cuna del Gaucho” algo de  Burganville de 1766 “Se ha formado desde algunos años atrás en el norte del rio (Río de la Plata) una tribu de montaraces que podrá convertirse cada vez en más peligrosa para los españoles sino toman medidas prontas para su destrucción. Algunos malhechores escapados de la justicia se han situado al norte del Maldonado; a ellos se agregaron muy pronto muchos desertores, insensiblemente el número acreció y con las mujeres tomadas de los indios han comenzado una raza que no vive sino del pillaje. Se asegura que ellos pasan ya de seis cientos.”
 Y fue así que en el siglo XVIII,  cuando creció la población, el ganado aumentó de valor y no hubo para las nuevas generaciones un horizonte de trabajo; con la tierra ya acaparada y la existencia de los esclavos, se tornó difícil, cuando no imposible, la vida del trabajador libre, que se diseminó por todo el campo. Esa es la figura del gaucho, ese jinete pobre, condenado por vago  y perseguido siempre por el juez de paz.
  El caballo, lo único suyo, subrayó para las autoridades su característica errante de vago, por lo que el gobernador de Buenos Aires, Oliden, en 1815 a pedido de los estancieros, redactó un reglamento que disponía entre otras cosas el uso obligatorio de la papeleta que le acreditara su condición de trabajador para algún patrón; su falta significaba un confinamiento de años en los fortines.
El noble gaucho, jinete libre con apero y riendas con adornos de plata, es un personaje de leyenda. Los propietarios de grandes extensiones de tierra generaron, con su egoísmo, la aparición de seres muy pobres,  ignorantes y supersticiosos, presas fáciles para los caudillos, que  con ellos formaron sus ejércitos, arrastrándolos a veces encadenados, o  estimulándolos con la rapiña de los bienes del enemigo.                        
La riqueza fácil y para pocos que brindó la ganadería en nuestro país ensoberbeció a la oligarquía, enemiga del reparto de tierras y por lo tanto de la agricultura que, con su disciplina implícita, elimina a los “vagos”.
Hasta 1850, en nuestro país se le compraba harina a Estados Unidos. Los esfuerzos de liberales como Belgrano, Rivadavia o Sarmiento por hacer una reforma agraria, chocaron con la poderosa fuerza de los latifundistas, versión actual de los zánganos de Hesíodo.    
(1)   La obra de Belgrano, y la resistencia que provocaron  en su tiempo, sus medidas por un reacomodo de las tierras, debiéramos conocerla mucho más. Inmortalizarlo sólo como creador de la bandera es disminuirlo; así como se lo disminuye a Sarmiento cuando con su obra pedagógica, por más importante que sea, se tapa, por ejemplo, su concreta obra en Chivilcoy con la que se transformó a “gauchos, vagos antes, en pacíficos agricultores”.
(2)    “Quiere S.M.de V.E. se dedique con todo celo, a examinar cuántos y cuáles son los establecimientos de fábricas y manufacturas que se hallen en todo el distrito de su mandato y a procurar la destrucción de ellos por los medios que estime más convenientes”.

                       





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