jose hernandez

"Mitre ha hecho del país un campamento, Sarmiento va a hacer de ella una escuela…con Sarmiento va a tener que aprenderse de memoria la anagnosia, el método gradual y los anales de Da. Juana Manso… ¿Pero consentirá el Congreso, consentirán los hombres influyentes de la República, consentirá el pais en que un loco que ya ha fulminado sus anatemas contra el clero y contra la religión, que ha dicho que va a nombrar a una mujer ministra de culto, que es un furioso desatado venga a sentarse en la silla presidencial para precipitar al país a la ruina y al desquicio?"

José Hernández

jueves, 20 de febrero de 2014

Alfredo Dratman
                                    Por Jorge Correa


Jorge Correa falleció, inesperadamente, en estos días. La publicación de éste, su homenaje a Dratman se convierte así, por las circunstancias, en un correlativo tributo a él mismo, a la plétora de autenticidad que recorre este relato sobre su compañero y amigo, metáfora de su propia vida y personalidad.



Jorge Correa
Director de la Revista Bitácora
Asociación Héctor P. Agosti
En un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fé llamado Avellaneda, vecino a la ciudad de Reconquista y a pocos kilómetros del impetuoso río Paraná, zona de anchos bañados que acompañan las márgenes fluviales, vió la luz Alfredo Leopoldo Dratman el 26 de setiembre de 1917.
Era el año en que la gran Revolución Rusa conmovía al mundo, pero sus estruendos no llegaban hasta aquella comarca campesina aislada entre los esteros, aunque su padre, Enrique Dratman, sustentaba ideas socialistas y, rememorando charlas de sus ancestros, solía hablar frecuentemente de la Comuna de París. Era maestro y director de una escuela y, con su carro tirado por un flaco caballo, recorría los campos en busca de sus alumnos, fueran aborígenes o hijos de inmigrantes, para llevarlos a las clases. Estaba casado con una ukraniana, Elvira Shesther, que en medio de la gran corriente inmigratoria de comienzos del siglo, había llegado hasta esos páramos, escapando de la hambruna y de las guerras, en las que había sucumbido toda su familia. La humilde mujer falleció un año después del nacimiento de Alfredo, que quedó bajo la tutela de su padre, haciendo con él las primeras letras en la tapera que oficiaba de colegio. 
Alfredo Dratman, como militante cultural, dando una conferencia en el Partido Comunista
A los ocho años lo mandan a Buenos Aires, donde queda al cuidado de una tía de su madre,una mujer semianalfabeta de drástico carácter, que vivía modestamente en el barrio de Barracas. Allí terminó la escuela primaria y a los quince años, sin poder soportar más la rigidez arbitraria de su tutora, se fue a vivir solo en una pensión. Pero no descuidó sus estudios y cursó el ciclo secundario en el colegio Rivadavia. Su intención era inscribirse en la Facultad de Medicina, sintiéndose capacitado para abordar las ciencias, pero el solo ver el imponente edificio de la Facultad lo atemorizó profundamente. Al terminar el secundario decidió, pues, irse a Rosario, la ciudad más populosa de su provincia natal, e iniciar allí sus estudios de medicina. Como tantos otros estudiantes, debía trabajar, casi siempre en changas esporádicas, para poder subsistir, pagar la pensión y costear su carrera, dificultad por la cual ésta se le hizo larga y debió esperar hasta 1952, cuando tenía 35 años para recibirse de médico.
Entre tanto, como joven inquieto y audaz que era, se vió mezclado en las luchas estudiantiles, encabezadas por la Federación Universitaria Argentina y los centros adheridos, que levantaban las banderas de la Reforma Universitaria de 1918, y cuya ala marxista, personificada por la agrupacións Insurrexit, disuelta en 1935, había esparcido las semillas de las ideas más avanzadas. Vinculado muy pronto con el Partido Comunista, Alfredo se afilió a esta corriente en 1936, año de tumultuosas manifestaciones juveniles a favor de la España republicana invadida por los fascistas. Con sus nuevos compañeros, Alfredo milita con entusiasmo, tratando de avanzar en sus estudios y, a la vez, leyendo cuanto libro cae en sus manos, convencido como estaba de que una cultura general enaltecía su inteligencia.
Pero la lucha tenía sus riesgos, y él lo sabía. El 9 de julio de 1943 estalla una rebelión popular contra el gobierno conservador y Alfredo, vigoroso partícipe de esa alzada, es detenido por la policía del régimen. Tuvo que pasar dos años en la prisión, de la que salió a mediados de 1945, en vísperas de la asunción del peronismo.
Un nuevo encarcelamiento, aunque esta vez por espacio de un mes, Alfredo debió soportar en 1951 durante la campaña electoral en la que había sido designado diputado nacional. En esos días, el dirigente comunista Rodolfo Ghioldi, durante un mitin realizado en la ciudad de Paraná, fue baleado por un grupo nacionalista protegido por el gobierno. Como triste paradoja, ocurría que las circunstancias políticas habían cambiado favorablemente, la oligarquía conservadora había sido reemplazada por un gobierno popular, pero los resabios anticomunistas subsistían, alimentaban los odios fratricidas y la represión seguía cobrando sus víctimas. De éstas, la más notoria fue el combativo médico rosarino Juan Ingalinella, que el 7 de julio de 1955, en vísperas del golpe militar, fue detenido, torturado y asesinado en la Sección Especial de la Policía, comandada por el comisario Francisco Lozón. Como reacción de protesta por ese hecho, el 2 de agosto se realizó un para nacional convocado por la Confederación Médica Argentina y otras entidades culturales y gremiales. Uno de los promotores y partícipes de esa acción fue Alfredo Dratman, que había sido íntimo amigo del colega asesinado. La unánime respuesta popular obligó a la justicia a condenar al comisario Lozón a veinte años de cárcel y con penas menores a sus cómplices.
Por aquellos años, Alfredo hizo pareja: la amada compañera de su vida sería Pura Larroulet, con la que formó su hogar y tuvo cuatro hijos, pero para casarse legalmente había esperado recibirse de médico y lo hizo en 1952. Al año siguiente el matrimonio se traslada a la Capital, fijando su residencia en un viejo caserón de Palermo en el que conviviría con otras familias. Vendrían luego dos hijos más. Los seis hijos, alentados por el estímulo de sus padres, supieron cultivarse: de los cuatro varones, uno llegó a médico, otro fue físico, otro deportista y otro periodista, director de El Tiempo de Puerto Madryn; de las dos mujeres, Tamara y Marisa, una fue bailarina de ballet y otra cantante lírica. Profesionales o artistas, todos heredaron las inquietudes humanísticas de su padre. Pero su casa, además de ser un agitado centro de cultura, era un club comunista. Todos los sábados se hacían reuniones, se escuchaban disertaciones y se debatían ideas. Por lo demás, la vasta biblioteca de Alfredo, que crecía todos los meses (llegó a albergar cinco mil libros), estaba a disposición de todos para su consulta y satisfacción.
Esa auspiciosa casa, primero en Palermo y luego en Belgrano, no estaba exenta de riesgos: en 1974 le pusieron una bomba, cuando el jefe asesino de Ingalinella salió en libertad, lo que dejó una sospecha acerca de los responsables del atentado, que felizmente no tuvo consecuencias trágicas. Se había querido amedrentar a Dratman sin columbrar la firmeza de su temperamento.
Dedicado de lleno a la profesión médica –en Rosario solía atender gratuitamente a los pacientes pobres-, en Buenos Aires intentó ubicarse para lograr una posición estable. Primero trabajó con el Dr. Jorge Viaggio, un médico reputado que lo alentó en su progreso profesional. Especializado ya como anestesista, en 1954 ingresó en el plantel del Hospital Italiano, donde fue un eficaz ayudante del Dr. Liotta, eminente cirujano al que asistió en difíciles operaciones a corazón abierto. En ese importante nosocomio, en el que trabajaría hasta jubilarse en 1989,integró un eficiente equipo de trabajo con los doctores González y Gainza Paz, que estuvieron entre los primeros cirujanos cardíacos del país y cuyas experiencias también se extendieron al exterior.
Dratman (a la derecha), en el Hospital Italiano.
Allí desarrolló junto con el Dr. José Gainza Paz, por primera vez en el país, la hipotermia, técnica  de anestesia en cirujía cardiovascular, que tuvo a su frente a eminentes cirujanos como Domingo Liotta y Fidel Osvaldo Donato.
A fines de la década del 50 Dratman busca perfeccionarse en el viejo mundo, asumiendo los adelantos de la ciencia, y su brújula lo lleva hasta la China milenaria, donde la ciencia se confunde con la filosofía. Allí supo que la seratonina, necesaria para la inducción del sueño, en un neurotransmisor que además pacifica las almas, actuando en la inhibición del enfado y la agresión. Los antiguos creían que el Buda la había bebido de la higuera, del emblemático bo, gozando despertares iluminados de sabiduría.
De regreso en el país continúa trabajando en el Hospital Italiano, incorporándose al equipo del Dr. Fidel Donato y, junto con los doctores Nicolás D´Angelo y Jorge Etala, desarrolló los métodos anestésicos más idóneos para las operaciones cardíacas. No pocas personalidades de la vida nacional, sabedoras de aquellos adelantos, optaron por pasar por sus quirófanos.
Pero el poder político no sabe respetar a los científicos y, sintiéndose molestado por sus ideas y actividades extrahospitalarias, apela a la represión para acallarlos. Durante la presidencia del Dr, Arturo Frondizi se implanta el Plan Conintes, bajo cuya bota se producen redadas para apresar rebeldes y la cárcel de Santa Rosa, La Pampa, se llena con centenares de detenidos, puestos a disposición del Poder Ejecutivo. Sucedió que Dratman era muy amigo de Ernesto Giúdici, preclaro dirigente del Partido Comunista, y se veía con él a menudo para tratar asuntos de política cultural. Estaban dialogando pacíficamente en un bar cuando la policía reconoce a Giúdici y lo detiene junto con su interlocutor. Dratman fue a parar a Santa Rosa, junto con el Doctor Carlos Abolsky, en noviembre de 1962 y, como allí convivían casi doscientos presos comunistas, ambos se encargaron de organizar la vida cultural y societaria que amenizó los largos días de encierro. Lograron la libertad el 3 de agosto de 1963, luego de nueve meses de prisión. Salió de Santa Rosa con la última tanda de presos liberados, junto con Carlos Abolsky, Jacobo Sufra, José Brandeburgo, Elías Perelman, Manuel y David Halperín, quienes se confundieron en un cálido abrazo con el Dr. Alfredo Palacios, propulsor del decreto 7603 de amnistía.
Activando entre los fundadores de la Asociación de Anestesistas, cuya presidencia ejerció el Dr. González Varela. Dratman continuó desarrollando las técnicas de hemodilución y otros métodos de avanzada. Pero su acendrada vocación científica no le impidió insistir en su pasión política, siempre orientada al mejoramiento social y cultural del pueblo. Desarrollando una actividad consecuente e incansable, se desempeñó como secretario de la Comisión de Profesionales del Partido Comunista y, valorándose sus méritos, fue promovido como miembro del Comité Central de ese Partido.
El cargo lo acercó aún más a Héctor P. Agosti, eminente intelectual del que se consideraba fiel discípulo, y al que lo uniría una profunda amistad, acompañándolo en la ardua tarea de la renovación de la cultura argentina.
Raul Larra, Osvaldo Soriano, Osvaldo Bayer y Alfredo Dratman
Herramienta insoslayable de ese propósito venía siendo la revista Cuadernos de Cultura, cuyo origen se remontaba a 1950 y al principio había circulado clandestinamente, ya que la Comisión Visca, órgano legislativo del primer peronismo, reprimía el pensamiento democrático e impedía la libre circulación de las ideas. Agosti había asumido la dirección de la revista en 1952, junto con Julio Luis Peluffo y Roberto Salama, a los que en 1955 se habían sumado Carlos Giambiaggi y Samuel Shmerkin. Y cuando Agosti fue confirmado en la dirección en 1957, uno de sus más cercanos colaboradores era Alfredo Dratman, organizador de los médicos comunistas, junto con los doctores Carlos Abolsky, Epifamio Palermo, Anatole Menta, José Hermack, Jorge Thenon, Emilio Troise y otros.
En 1974 tenemos a Dratman como vocal en la Asociación Amigos de Anibal Ponce, entidad que exaltaba al ilustre psicólogo y ensayista trágicamente fallecido en 1938. Alfredo motorizaba también por ese entonces, el Centro Cultural de Villa Luzuriaga, al que cedió su tesón durante tres años.
Después de la muerte de Agosti, acaecida el 29 de julio de 1984, Dratman encabezó con otros compañeros la Comisión de Amigos que se empeñó en catalogar sus obras y recoger sus enseñanzas. Ese grupo fue el embrión de la Asociación Héctor P. Agosti, fundada el 15 de mayo de 1988, cuya Comisión Directiva integró Dratman desde el comienzo.
Ninguno de sus miembros olvidará los aportes conceptuales que formuló en todas las reuniones, ni la vasta erudición que desplegó en sus disertaciones, muy a pesar de él, que era humilde y recatado por naturaleza. Cuando cumplió sus joviales 85 años, en setiembre de 2002, la Asociación en pleno le ofreció un brindis en el Centro Cultural de la Cooperación, ocasión en la que el presidente de esa entidad, Floreal Gorini, pronunció emocionadas palabras para destacar la estirpe humanista del homenajeado.
Como lo enfatizó Gorini, el Dr. Alfredo Dratman fue, en efecto, un político y un intelectual en el sentido más puro de estos vocablos. Fue un educador y un erudito, y su memoria excepcional le permitía esparcir generosamente el acervo de sus vastas lecturas. No dejó nada escrito, porque carecía de capacidad literaria, pero vertió sus conocimientos en dilatadas charlas íntimas. Tampoco fue un orador, porque no tenía garra de tribuno, y rehuía tener que prodigarse en conferencias, pero sembró sus ideas y opiniones en cuanta reunión contó con su presencia. Opinaba con serenidad, criticando sin usar adjetivos y su charla, siempre amena, era seguida con delectación por sus ocasionales oyentes. Su humor, por lo demás, era permanente, y su sonrisa afectuosa no se desdibujaba en ningún momento. Fue un maestro venerado.
Brillosos cenáculos podrían haberse enorgullecido de su adhesión, pero el siempre los rehuyó, convencido de que la cultura no era patrimonio de élites ilustradas, sino del pueblo todo. Recogió en ese sentido la herencia de Echeverría, Sarmiento, Ingenieros, Ponce y Agosti, de quienes se consideró discípulo. Aún sintiéndose cómodo en la penumbra del gabinete de estudio (y su casa poblada de libros lo era), su clima y su espacio estaba en el diario contacto con la gente, en las luchas obreras y populares.
Su condición de humanista lo había hecho incursionar en la filosofía y en la literatura, y no era menor su afición por las artes y la música, como regocijado disfrutador de la belleza. Extraña vocación ésta en un hombre de ciencia, un investigador en el campo de la medicina. Esta presunta ambivalencia, lejos de neutralizarlo, enaltecía su múltiple personalidad.
Por naturaleza pacífico, no parecían afectarlo las violencias de su época, pero sentía profunda simpatía por las rebeliones populares. Se solidarizó con la Revolución Cubana y apoyó las luchas heroicas que tuvieron en el Cordobazo su expresión mas intensa. La dictadura militar y el genocidio que enlutó al país lo perturbaron hondamente, pero nunca perdió la serenidad ni lo tentó el camino del exilio. Esta paz de su espíritu, con la que siguió los acontecimientos más dramáticos, era sin duda producto de su armonía interior. Desafió los peligros y respaldó la acción, incluso violenta, pero estaba convencido de que ésta no alcanzaría sus propósitos sino se sustentaba en las ideas.
La prensa vernácula lo ignoró, jamás lo acosaron para hacerle un homenaje, para las instituciones oficiales no existía, y sin embargo cuánto tenía que decir, cuántas ideas y  proyectos para transmitir y sembrar.
Hacia el final de sus días, en una época de repliegue revolucionario y de desbordes de las derechas, cuando muchos de sus compañeros desertaban o se abroquelaban en un cauteloso silencio, Dratman permaneció fiel al medio político en el que se había formado y no perdió ese entusiasmo casi juvenil con el que encaraba la vida. En un ambiente relajado por la decepción y el escepticismo, supo conservar sus acendradas convicciones y su pasión inclaudicable. Así lo vieron sus compañeros de la Asociación Agosti, que lo rodearon cálidamente en sus años postreros.
Había, sin embargo, quienes recelaban de él, disgustados por su ácido espíritu crítico, y lo devaluaban como un residuo de la vieja guardia. Con sonrisa volteriana él se burlaba de ciertas expresiones de jesuitismo y sectarismo recalcitrante. “No hay transparencia” confesaba a sus amigos, quizás algo herido por el desdén y la descalificación. Pero su malestar no menoscabó jamás su  constancia ideológica ni erosionó su pertenencia a un espacio en el que había militado desde su primera juventud en aquellas remotas lides estudiantiles. Una de sus últimas decisiones, ya en su lecho de muerte, fue donar a su partido su espaciosa biblioteca, propósito al que sus hijos dieron póstumo cumplimiento.
Alfredo Dratman bregó en la Asociación Agosti hasta el fin de sus días, brindándole su humanismo, su simpatía, su sencillez y el entusiasmo que no flaqueó en ningún momento.
En su humilde departamento de la calle Rincón, barrio de San Cristobal, falleció el 27 de febrero de 2011, a los 93 años, tras una largo y trajinada vida. El Dr. Juan Enrique Azcoaga, presidente de la Asociación Agosti, acertó en su concisa semblanza: “Su vida fue de una gran riqueza, su personalidad era atractiva e inspiraba simpatía y afecto desde el primer contacto. Lo caracterizaba una sonrisa espontánea e inmediata. En muy poco tiempo se incrementaba la afinidad por su notaria sencillez. Su vida es de las que pueden calificarse, sin reparos, de ejemplar. Tenía una insistente y definida vocación por el reconocimiento y la defensa de la cultura. Participó en ello hasta el fin de sus días y su presencia era buscada y admirada. Dratman culminó su vida dejando un profundo y afectuoso recuerdo entre los que lo conocimos y admiramos”.
Palabras que, como las de Floreal Gorini ocho años antes, pueden inscribirse en el panteón del reconocimiento póstumo.